Como caminar con un gato
Los gatos siempre me cayeron mal. Cuando llegué a la edad adulta pensé que en mi hogar siempre habrían perros. Mi sueño era tener dos Rottweilers, así que comenzé a estudiar la raza y a averiguar la mejor manera de encontrar cachorritos.
Pero entonces George Harrison falleció, y Sector12 se metió a mi sótano por una rejilla dislocada. Esa es una historia para otra noche, pero cabe decir que fue amor a primera vista. Mi gatito tenía cierto comportamiento perruno. Siempre venía cuando lo llamaba, meneaba la cola cuando estaba contento, me traía las chanclas y preparaba el café… bueno, estoy exagerando, pero es tan cariñoso y amigable que todas las definiciones de gato arisco y demasiado independiente nunca le quedaron bien.
Así que cuando salimos Joe (el padre de Jason), Jason y yo a caminar esta noche, me pregunté que haría Sector12, que todavía estaba afuera. A pesar de que es el único gato de mis tres mininos al que le permito salir, nunca va muy lejos, y generalmente lo puedo ver por la ventana tomando el sol en los escalones del lado de la casa. Siempre lo llamo para que entre cuando salgo, pero esta noche la curiosidad ganó, y pensé que se quedaría donde estaba, pero trotando como un can se unió al grupo y nos siguío, moviéndose entre nuestras piernas sobre el pavimento como fideo cocido.
(Es una ley de la naturaleza que al caminar con un gato, éste se cree hilo, y las piernas del humano son el hojo de una aguja.)
Joe comenzó a protestar, diciendo que lo meta, que hay perros, que los carros, que si esto y lo otro, pero ya la decisión estaba tomada. Mi gato vendría con nosotros. Al principio todo marchó exactamente como yo esperaba. El batallón de cuatro se coló en la noche, avanzando cuadra tras cuadra, el hijo con el padre, el gato con la madre, a veces al revés, pero unidos.
Cuando llegamos al punto el que tornamos y regresamos a la casa, todo cambió. Sector12 se puso nervioso, y al llegar a una cuadra donde todas las casas estaban en las cimas de colinas escalonadas, quería subir a cada una de ellas. ¡Imposible! Así que cada vez tuve que subir detrás de él, cazándolo, y bendiciendo la suerte que tengo de tener un gato que no corre de mí. Pero el pobre tenía miedo de estar rodeado de tantos olores y colores desconocidos. Cada vez que lo cargaba gruñía y me mordía la mano que tenía más cercana.
Y esto de un gato que jamás en toda la vida se había portado arisco conmigo. Pero comprendí que solo era el territorio desconocido y no yo lo que lo afectaba, porque no me mordió ni rasguñó lo suficiente como para penetrar la piel. Sin poder cargarlo por mucho tiempo, por lo menos lo pude hacer lo suficiente para poder guiarlo a casa. El cambio que surgió cuando llegó a lares familiares se podía sentir en el aire. Ya no miraba para todos lados, ya no se paraba a oler enemigos invisibles, ya reconocía su pequeña patria.
Y yo, con mi mano rasguñada y roja, satisfecha de haber aprendido algo nuevo, entré a casa con mi nene y dejé a Sector12 afuera un ratito más, para que le diga hola a la luna que ya estaba de nuevo en donde él la había dejado.